lunes, 29 de marzo de 2010

Hoy he ido a ver el Medinaceli con mi madre y mi abuela. Había muchísima gente esperándolo y no paraban de llegar. Me sentía un poco agobiada y poco a poco crecía la desesperación de ver que no bajaba nada por aquella cuesta. Por fin los primeros penitentes. Parecía que nunca acababan y luego las promesas con las cruces a sus espaldas, los pies descalzos y con cadenas. Detrás el Cristo. Todo el mundo le aplaudía, se santiguaban y algunos hasta rezaban. Justo después de él, una marea humana iba acompañándolo en su recorrido. No había visto tantísima gente de promesa nunca. Algunos iban descalzos, otros con los ojos vendados, pero solo el mero hecho de ir entre tantísima gente ya es un esfuerzo enorme. Lo que puede llegar a ser la fe cristiana. Hay gente que no cree en los milagros, ni en Dios, ni en nada relacionado con el cristianismo. Pero es cierto que los milagros existen, es cierto que hay imágenes a las que muchísima gente adoran porque les han cumplido sus milagros particulares. Unos dicen que es casualidad, otros el destino, otros ciencia, pero hay cosas que no tienen una explicación científica. Hay cosas que para encontrarles un significado la única manera es creer y tener fe. A veces la gente la pierde porque algo ha ocurrido y creen que es injusto, pero todo tiene una razón por la que ocurre. No sólo somos trozos de carne que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Todos tenemos un significado, una misión que cumplir, todos fuimos creados para ser alguien en esta vida. Y aunque no creamos en nada, todos tenemos la esperanza (unos más que otros) de que después de la muerte hay algo más. Llámalo cielo o infierno, pero nos da miedo pensar que todo se acaba cuando cerramos los ojos para siempre.

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